Poesía, relatos y otros cielos

Los cuerpos también sueñanprisiones

Palabras que abren ventanas. Poesía y relatos de Alexx Galeaux para mirar el mundo desde otro cielo.

Perfil artístico
Alexx
Galeaux

Una vida entre palabras y música

Soy Alejandro G Vera y también firmo parte de mi obra como Alexx Galeaux. Escribo poesía y cuentos, canto y encuentro en la guitarra —especialmente en el jazz y el blues— otra manera de contar historias.

  • Escritor
  • Poeta
  • Cuentista
  • Músico
  • Guitarrista
  • Cantante
Obra literaria

Poesía que respira.
Cuentos que permanecen.

Dos territorios de una misma voz: la intensidad breve del poema y el universo abierto de la narración.

01 · POESÍA

Versos para abrir las jaulas

«El amor es un perro que mira al cielo, y de a ratos se rasca —para disimular—»
Leer mi poesía
02 · CUENTOS

Historias de otros mundos

Relatos, personajes y pequeñas puertas hacia aquello que la vida cotidiana no siempre deja ver.

Leer mis cuentos
Guitarra · voz · canciones

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lunes, 15 de mayo de 2017

Los gatos


-Los gatos-

La soledad de estar enfermo 
y no tener a quién mandar
a comprar galletitas. 
Salvo por la gatita.
Pero ya sabemos como son los gatos,
tienen la impericia de no ser capaces de ir a 
hacerte los mandados y el amor 
suficiente como para pasar la tarde
dormidos sobre uno, con su calor 
que cura y acompaña.
Con su motorcito que significa
que Dios no se olvida aún de uno,
y que está en todas partes.

Alex Galeaux 1973

martes, 19 de noviembre de 2013

Premio Itaú de cuento, "El cuento que no ganó..."



Hola gente:

Hoy fui a la entrega de los premios Itaú de cuento. No gané ni siquiera una mención. No es de extrañarse. El cuento ganador fue leído y era un desastre. Qué se yo, nunca entendí a los jurados. Solo sé que mis cuentos reflejan a la gente y seguramente ese grupo de cerdos que integraba el jurado vió en el reflejo de mi cuento una montaña de mierda. 
Acá está el cuento para que vean luego si están interesados si no merecía aunque sea una mención. Dicen premiar la cultura, pero como tantas palabras, para un bancario la palabra "cultura" rima mucho con interés simple, plazo fijo etc. 

La peste sobre ese banco, la peste sobre ese jurado. No pienso presentarme más a ningún concurso para ser evaluado por un grupete de ignorantes.

Gustos son gustos dijo una vieja y se metió un porta-aviones en el culo...

A continuación, mi pobre cuento "perdedor". 
Lo mandé al muere, pobrecito... :'-(



‐Los que miran de allá‐


Allá está la muerte, decía el viejo. Y el viento de la tarde se deleitaba en profanar la deliciosa rosa negra del pelo de Julieta. Julieta, como tantas mujeres, estaba sola. No sola porque quisiera, sola por incomprendida. Casi nunca hablaba. A veces se sentaba en la plaza al lado de un viejo que repetía siempre la misma frase: Allá está la muerte, decía. Y Julieta que no sabía mucho de rosas pero sí de espinas, lloraba y su llanto era deleite para su corazón de poeta.
Allá está la muerte, dijo el viejo, y Daniel que era un muchacho tímido pero no por eso sonso, miró a Julieta a los ojos y le dijo amablemente: ¿Qué le pasa a este viejo? Julieta, con desgano le respondió: Él es viejo y piensa mucho en la muerte.
La segunda vez que Daniel vio a Julieta la tomó de la mano y la besó en los labios, que eran de fuego y miel de niña, y a su vez eran crueles como la peor serpiente. Daniel le dijo: Contame un secreto… Ella le respondió: Vomito todo lo que como. Dio media vuelta y se alejó corriendo hacia el sur de aquel lugar inexistente que es el mundo. Daniel la alcanzó una cuadra más al sur y le dijo, podés confiar en mí.
La tarde era de plata, como el rio. Y el agua de la lluvia despedía el ocaso de lo real como quien aplaude a un muerto.
Luego Daniel y Julieta fueron novios. El viejo, como todos los viejos, vio cada vez más cerca a la muerte. El pasto es verde, dijo Julieta, que era callada y dulce.
Daniel cruzaba la calle, sin mirar, como todo enamorado. Y
casualmente el conductor del ómnibus que lo atropelló y mató, seguía el mismo insensato proceder de los enamorados. Y (también casualmente) Julieta doblaba la esquina cuando Daniel tomaba la mano de la señora blanca
y fría, que adormece y calma, y adormece, y calma.
Julieta, con ese proceder ya nombrado de los enamorados, dejó de mirar. Pero no dejó de mirar para cruzar la calle, o para ver la tele. Se desencantó de la gente.
Los que miran de allá me contaron que todas las historias son tristes y lindas. Y que de arriba nos aplauden mucho.

Julieta.

La tarde.

Julieta diciendo: Allá está la muerte, y esperando a un muchacho que le pida secretos y la bese en los labios.
Pero es raro cuando uno quiere repetir las cosas, nunca salen igual. El río siempre se queda, pensó y ella misma se conmovía con su teatralidad, y se reía como loca. Porque estaba loca y no tenía remedio. Todo tiene solución menos la muerte, pensaba y lloraba, y más pensaba y tenía la sed de los que lloran, que no se calma con agua, y creo que con nada.
La última tarde fue distinta. Julieta se levantó temprano y de muy buen humor. Compró pan y se sentó en un banco de la plaza a comer una flautita.

Julieta.

La noche.

Los que miran de allá me contaron que todas las historias son tristes y lindas. Y que de arriba nos aplauden mucho.

Marcelo llama a la radio.

En Siria alguien habla un idioma que desconozco.

Y Julieta enamorada empezó a mirar a la gente.
Una mujer de pollera gitana se le acercó y le dijo: Vení que te muestro algo. Y la llevó a un teatro, en una calle que es todas las calles. Ahí estaba Daniel mirando, y Julieta lo reconoció…
Pero en ese teatro que es todos los teatros no se habla, solo se mira.
Cuando Julieta y Daniel salieron me contaron que todas las historias son tristes y lindas. Y que de arriba nos aplauden mucho.

 Como decía el viejo, allá está la muerte…

Y digo yo que también anda rondando el amor suicida, que consuela y calma la sed inaguantable de no ver más que máscaras y gritos.
Y la tarde con la lluvia nos despide, porque el cielo aplaude las historias tristes… Desde allá se ve muy lindo dicen.

Yo no sé si creerles…


Alejandro Gonzalo Vera (Dedicado a Brenda Bugallo, por entendedora).

miércoles, 9 de octubre de 2013

Desnudos del alma

Ellos como siempre, estaban solos. No solos en el mundo ni en la casa, solos adentro de ellos. Sin voces que dijeran nada, como muertos.

Siempre salían a correr los desnudos del alma, para deleite de las muchachas. Para horror de los viejos que no entienden.

La tarde de mayo era triste. La muerte los besó tibiamente, sin ganas. Sus familiares los acariciaron en el velorio, como si fueran gatos. Como si la vida fuera un juego de ajedrez. De hecho en el velorio todos jugaban ajedrez.

Como siempre, los desnudos no significan nada. Tibia, la muerte no duele, los astros no brillan para el que no añora. No son tan grises las noches para el que está acompañado.

Los muertos se quejan, los vivos no lloran. No aquí. No en este damero absurdo de acariciar muertos, de denegar personas.

Los desnudos del alma se muestran, y a las muchachas las apasiona esto. Tanto que se buscan novios contadores, de miedo de acabar ahí en la calle, buscan un poco de frivolidad para sus vidas de calentura y poesía tirada por la vereda.

Los muertos acariciados son una tradición muy antigua, me comentaba una ladradora profesional. Aquí no es como en su país, me dijo. Aquí honramos a los muertos jóvenes. Los acariciamos todo el velorio hasta la tumba de sus camas, o sea hasta que son viejos.

Nuestra carne dura de rencores no nos deja ver lo que oculta el desnudo, la verdad del disfraz que escapa. Lo real que conmueve y apasiona. Los vestidos de traje disimulan. No hay aquí otro after hour para mi rebelión de bata? No habrá un Big Mac sabroso, para limpiar el sueño?

Los desnudos del alma se escabullen en la ciudad nefasta de los muertos fríos, como esquimales que lloran lágrimas heladas, sus virtudes son santas. No se lo que esto significa...



Alejandro G. Vera

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Lo que perdió el enamorado

-III-

Como el río de las horas
su sangre era de angustia y agonía,
y dentro de su sed sentía
que la carne era pecado y desventura.

Mas diole el viento la fugaz bravura
de dormirse a pesar de estar sangrando
de soñar aunque fuera cosechando
con su voz a las personas la blancura

de la mano fría y queda de la muerte.

Lo que el enamorado sin querer advierte
solo lo sabe él y su alegría
(Ay si supieras que feliz sería
este poeta morando allí a tu lado).

No serán las afrentas del pasado
las que maten la luz de nuestro día.
Sí lo será la noche y su acabado
cielo develador de las estrellas,
Es que en los astros supo mirar ella,
para jurarme que ya no valías

ni el diez de lo que un día había pagado...


Alejandro G. Vera  (Para Brenda mi lectora favorita, después de la Samsung serial ATA XDXD)